No puedo creer que no haya reparado en la trampilla hasta ahora. Llevo días absorto revisando uno por uno los libros. Todos tienen profusas anotaciones en los márgenes y resulta fascinante perderse en sus páginas. Con cada anotación es posible perfilar mejor al autor que, asumo, fue también dueño de este palacio. No me cabe duda de que este pequeño estudio era su refugio. No puedo evitar formarme una imagen mental de alguien con semejante fortuna y que, sin embargo, termina recluido en un pequeño estudio en la zona más alejada del Château.

El caso es que, tan concentrado he estado, que no he tenido ocasión de fijarme en la trampilla. No está oculta, pero las juntas se confunden con la trama del suelo. Tiene forma hexagonal, característica ya de por sí singular. No estaba cerrada pero necesité algunos esfuerzos para abrirla. La trampilla da acceso a algún tipo de sótano a través de una escalera de caracol. La oscuridad es tal que tuve que ir a buscar una vela para iluminar el descenso. Confieso que me he sentido parte de mi particular novela de misterio en medio del gran palacio desocupado, en el pequeño estudio apartado, y ahora este enigmático sótano. Descendí la escalera de caracol con una mezcla de excitación y una buena dosis de inquietud, sólo amortiguada por el silencio sepulcral que parecía esperarme abajo. Lo que encontré no hizo más que mantenerme en un estado de fascinación y desconcierto.

La escalera de caracol desemboca en una sala de forma triangular. Sus tres paredes, muros de piedra de la misma longitud (aproximadamente 6 metros), dan a la estancia una sensación opresiva. Los ángulos agudos que las unen resultan antinaturales y claustrofóbicos. El titilar de la vela sólo infunde más inquietud al ambiente. Dos de las paredes tienen puertas, ambas cerradas. Una pequeña mesa en el centro de la celda atrae de inmediato mi atención. En la pequeña mesa, de unos 50x50cm, encontré manuscrita una página.

Toda esta disposición resulta incómoda y sospechosa. La trampilla hexagonal, la celda triangular, las puertas, la hoja manuscrita. No alcanzo a comprender su propósito. Su ubicación oculta sugiere inevitablemente alguna práctica clandestina, pero no pude encontrar ningún síntoma de nada semejante. Quizás es un lugar de retiro del dueño del Château. O quizás forma parte de algún juego cuya mecánica me es imposible adivinar.

Ni la inquietud motivada por la habitación, ni la necesidad de formular una hipótesis para semejante misterio podía compararse, sin embargo, al deseo irrefrenable de leer aquella página manuscrita.

Desnudo