–¿Qué haces ahí?

–Llevo aquí mucho tiempo.

–¿Ahí metido? ¿en ese escaparate?

–Sí. Me metí aquí para ser admirado. En su momento me pareció buena idea. Ahora estoy aquí encerrado.

–¿Encerrado? ¿No puedes salir?

–No. No consigo encontrar la salida. No consigo vencer las puertas. No he encontrado la forma de romper ese cristal.

–¿Y por qué estás desnudo?

–Al principio estuve vestido. Disfrazado. Poco a poco me fui quitando la ropa hasta quedarme con un inglés interior y translúcido. Hace poco me pidieron que también me quitara el inglés, que se me vería mejor. Hoy mismo me lo he quitado.

–Pero, ¿por qué? ¡Es ridículo!

–Es ridículo para ti, que vas por la calle disfrazado, corriendo de un lado a otro. Yo llevo años aquí encerrado. Aquí no hay prisas, no hay agenda ni objetivos. Cuando llevas mucho tiempo parado, la vida se ve de otra manera. A este lado del cristal, desnudarse es el único camino. Creo que ese camino me sacará de aquí. Cuando no me quede nada, podré salir.

–Entonces ya está, ¿no? Ya no te queda nada. ¡Ya estás desnudo!

–Aún llevo una piel de miedo y de vergüenza. Una piel que ha crecido conmigo. Quitarse esa piel es, quizás, imposible. Algo dentro de mí dice que esa piel es lo que soy. Ni siquiera yo sé lo que hay debajo.

–¿Quizás algo terrible?

–No. Es algo bello. Lo he visto en sueños. Pero el miedo es profundo, es incontrolable, es parte de mí.

–¿Qué vas a hacer, entonces?

–Pensé burlar al miedo con alguna argucia. Un seudónimo, quizás. Salir desnudo y disfrazado bajo nombre falso, suplantar a otro. Así podría recorrer el camino como un polizón, oculto pero embarcado. Al final desestimé la idea. Estoy aquí para enfrentar desarmado el desafío. Afrontarlo sin mas medio que el mucho o poco valor de mi persona: Damián Alonso.